Hace tiempo que convertí mi vida en un bar de apuestas, jugándome el corazón cada noche, doble o nada. Siempre nada.
Lo siento, hoy no me sale la voz, estoy intentado camuflarme entre tus cosas.
Entre los recuerdos que no te llevaste.
A veces repito aquel dolor en bucle,
me pongo en la misma situación cientos de veces, solo por no olvidar nunca que fue real.
Aunque sea exactamente lo único que quiero olvidar.
A veces no puedo evitar sentir compasión por el ovillo que fui entonces.
El manojo de rabia y llantos.
No puedo evitar ponerme en su lugar y odiar todo lo que me llevó hasta aquello.
Entonces te miro y deseo con todas mis fuerzas olvidar, no repetirlo nunca.
He intentado toda mi vida ponerme en pieles ajenas, convertirme en personas que nunca conocí y aún así han condicionado mi vida en cada momento.
Me he creído el fantasma de amores pasados,
espejo roto que no refleja ni un poco de lo que fue.
Me he puesto el listón tan alto que se me ha ido de las manos.
Y a veces todo quema tanto que siento que va a explotar.
Lo siento,
por ser lo que soy,
por no ser nada más.
Por ser la mitad de un puzzle perdido.
Que ni yo misma he encontrado.
Por ser el sucedáneo en tu vida.
O por creerlo.
Llevo toda mi vida siendo una sombra.
Teniendo miedo de la luz que ha podido asomar en mí,
y rechazándola como si fuese una enfermedad.
Siento ser los restos de lo que me queda.
Aún no sé si me conoces a mí o a los restos del pasado.
Aún no sé si me conozco a mí o he comenzado a desconocerme.
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